Muestra al visitante la riqueza de imágenes que retratan el México bucólico e idílico, pero, a la vez, en plena transición.
El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Nacional de Bellas Artes, por medio del Museo Nacional de Arte, continuando con las actividades en torno a la celebración de los 30 años del museo y la revitalización de su colección permanente, invitan a la muestra 70 estampas del Gabinete de estampa del siglo XIX (Anexo a la sala 22, recorrido permanente del siglo XI, primer piso) y también a Gabinete de fotografía del siglo XI (sala 20, recorrido permanente, primer piso).Con esta propuesta curatorial de Víctor T. Rodríguez Rangel, se busca mostrar al visitante la riqueza de imágenes que retratan el México bucólico e idílico, pero, a la vez, en plena transición de modernidad del siglo XIX.
Con obras del maestro Casimiro Castro, principalmente, la primera muestra: Hábitat y ecosistema, una aproximación a la ciencia social y natural, hace énfasis en una visión naturalistade una sociedad llena de coloridos contrastes y una autoconsciencia paradisiaca; nos muestra recodos y parajes de la República Mexicana en los que el visitante reconocerá el mito de la “tierra prometida”.
La propuesta curatorial dialoga además con el presente mediante la problematización de conceptos como hábitat y ecosistema, que al democratizarse dejan de ser términos especializados propios de naturalistas, biólogos o ambientalistas, ante el panorama desalentador por el desequilibrio natural del planeta, producto de los derroteros de la civilización mecanizada y la desmedida industrialización global -que tuvo sus orígenes en el mismo contexto decimonónico del que provienen las gráficas y dibujos de esta exposición.
Precisamente en el siglo XIX se desarrollaron las condiciones que dieron lugar al génesis de la civilización actual; el frenesí en torno a la segunda revolución industrial, la construcción de los estados nacionales, la evolución del modelo capitalista y los sistemas políticos progresistas, dieron pie a un inusitado interés por el desarrollo de la tecnología, la industrialización, las comunicaciones y la consolidación de modernas disciplinas científico sociales y naturales –a través de sociedades e instituciones de investigación y difusión.
En este contexto la estampa litográfica del siglo XIX fue un popular medio de producción de arte visual que en una de sus posibilidades, reprodujo un vasto material alusivo a la mirada introspectiva propia de dicha modernidad, como la observación puntual, amena y con pretensiones científicas, de la composición de la sociedad: actitudes, apariencias, costumbres, virtudes y vicios; así como asuntos propios de la ilustración botánica y la representación de antiguas civilizaciones que decayeron integrándose, por conquista vegetal, al ecosistema.
La misma ciencia dio pie a la invención de la maquinaria para la estampación litográfica, a la vez que el desarrollo de la sociedad urbana y la inversión privada motivo el apogeo de las editoriales tipográficas y litográficas comerciales.
Hábitat y ecosistema como concepto y reflexión, permiten ligar las fronteras cronológicas del asunto: el presente y el siglo del que provienen las obras. A partir de estas piezas se observa, de manera idealizada y relativa, al pasado decimonónico y su inquieto interés racional por entender, valorizar y clasificar las fisonomías de la gente y las ciudades, levantando también compendios ilustrados, artísticos y científicos, del ferrocarril; de los vestigios arqueológicos y de los registros botánicos: en un mundo que desembocó en la posmodernidad. Estas composiciones se agrupan en torno a tres ejes temáticos: I. El reino humano al microscopio, la trama social y el progreso optimista. II. La ciudad como conciencia de hábitat y el ferrocarril; y III. El reino vegetal y el declive de la antigüedad.
La segunda Parajes deshabitados. Vistas del México de ayer, invita al espectador a reflexionar sobre los propios inicios de la fotografía y la contradicción inherente a sus limitaciones. El retrato imposible del movimiento, hace de estaos primeros daguerrotipos un testimonio fantasmal de una sociedad pujante y dinámica.
Para ello, es necesario recordar que el principio fotográfico para la retención y la fijación espontánea de la imagen sobre una placa químicamente preparada, se debe en buena medida al francés Louis-Jacques-Mandé Daguerre, quien patentó el mecanismo llamado desde entonces Daguerrotipia (1787- 1851).
La proeza tecnológica demandó en la sociedad un proceso de asimilación para entender que el artefacto reproducía mecánicamente todo aquello que hay en la “naturaleza a partir de ella misma”, sin la intervención de un dibujante, como sucedía con la cámara óptica tradicional que reflejaba una vista del natural como instrumento auxiliar de precisión sobre todo para los pintores de paisajes.
Los aparatos de daguerrotipia se comercializaron en ambos lados del Atlántico. Los primeros experimentos y demostraciones con esta máquina fijaron vistas urbanas suscitándose un paradigma, ya que la fotografía reprodujo con exactitud los objetos de la realidad, sin embargo había algo inquietante y disímil de la experiencia óptica cotidiana: el tiempo considerable para afianzar los perfiles de las formas sobre la placa no daba pie a la reproducción de los objetos en movimiento, en este caso los viandantes en su dinámico tránsito, quienes escapan a la imagen perdurable del producto final: una insólita escena despoblada en una localidad arquitectónico-urbana.
Mediante ambas muestras, El MUNAL invita a repensar la historia del siglo XIX, no como un siglo sólo de cambios políticos, sino también de apropiaciones y adaptaciones en el campo del arte. Mediante medios tradicionales como la estampa, o novedosos como el daguerrotipo, los artistas de entonces se enfrentaron a realidades cambiantes que buscaron incorporan con una gran destreza técnica a su quehacer artístico, a su mirada del mundo, que hoy nos mueve a la reflexión y al disfrute.