Es amarga, crítica, violenta y hasta ofensiva, mi poesía: dijo el escritor.
Ese hombre de cultura da dignidad a la invectiva, al epigrama: José María Espinasa.
Presentó su poemario en la Sala Manuel M. Ponce de Palacio de Bellas Artes.
Con su barítona voz, el poeta Eduardo Lizalde habló de El vino que no acaba. Antología poética, la cual reúne versos que van de 1966 a 2011. El libro se presentó el fin de semana en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, en un acto organizado por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).
“Es amarga, es crítica, es violenta y hasta ofensiva mi poesía, no me reconozco como un optimista, ni un creyente de la felicidad; pero de la felicidad he disfrutado, por su puesto”, señaló Lizalde al hablar sobre sus versos.
El vino que no acaba es un libro que reúne “más de 25 años de trabajo”, desde Cada cosa es Babel, publicado en 1966, pasando por uno de sus libros más celebrados: El tigre en la casa, del cual, recordó Lizalde, ”Salvador Elizondo fue uno de los primeros lectores y promotores”. La antología también recoge versos de La zorra enferma, Caza mayor, Memoria del tigre, Tercera Tenochtitlán, Tabernarios y eróticos, entre otros.
El poeta, quien reconoció la basta tradición literaria que lo ha formado y en la que ha desarrollado su carrera escritural, dijo: “Empiezo a ser uno de los poetas más antiguos de mi generación, aunque no tenemos escarmiento y continuamos intentando producir poemas. Todavía hay muchos, muy largos que no me he animado a publicar, pero bastantes son”.
Al hablar de su trabajo creativo, Lizalde –recientemente distinguido con el Premio Alfonso Reyes–, señaló que sus aficiones máximas han sido la literatura, la música, la filosofía, “y eso está en los poemas, donde no uso el lenguaje técnico de los poemas, pero hay alusión a ellos”.
Explicó: “Los poemas, ya lo hemos dicho todos: una espalda, una cara oscura que no suele percibir el lector común. Todo poema tiene un contexto, una cara oscura que no tenemos a la vista; es el trasfondo cultural, las glosas, las referencias tanto estéticas, filosóficas y culturales que hay en los poemas”, dijo.
Por su parte, Marco Antonio Campos, antologador del volumen, subrayó que Lizalde es un poeta actual, con más poemas buenos en su obra, ”de una basta cultura filosófica, política, literaria”. Los autores que lo han marcado los divide en abstractos: Mallarme Valery, Eliot, Gorostiza, Rilke, y concretos, la parte que más nos toca de su obra: Baudelaire, Rimbaud, Lautreamont, Neruda, Vallejo, López Velarde, Sabines, dijo.
Y agregó: “Pero nada incendia más sus libros que la figura elegantemente sacra del tigre. De él, ha hablado que la imagen del tigre viene más de sus lecturas de Salgari, Kipling y Saronyan, que de Blake y Borges, pero a lo largo de su obra brilla el verso de Blake”.
José María Espinasa, quien habló acerca de cómo las lecturas del homenajeado lo marcaron como lector, subrayó que “pocas veces el pesimismo nos parecía tan lleno de vida, el dolor tan bien transfigurado en energía”, como aparece en la literatura de Lizalde.
“Lizalde –dijo– es un poeta mucho más diverso y rico en matices de lo que nos hace pensar su estilo más conocido. Ese hombre de cultura, que gracias, precisamente a la cultura, da una dignidad a la invectiva, al epigrama, y porqué no, al insulto (…) Pocos poetas consiguen esa conjunción de lo bronco y lo refinado.”
Concluyó: Lizalde es más que original, es originario, por lo cotidiano y común de la experiencia que narra. Así, el poeta de los bestiarios sentimentales tiene su correlato en el de las cosmogonías y los poemas reflexivos, de Cada cosa es Bebel a Tercera Tenochtitlán”.